
Corte sagital del encéfalo (imagen decorativa)
Dos personas se acuestan a las once de la noche y se levantan a las siete de la mañana. Si les preguntamos cuánto han dormido, ambas responderán: «ocho horas». Pero sus noches pueden haber sido muy distintas. Una se durmió enseguida, apenas se despertó y comenzó el día descansada. La otra tardó en conciliar el sueño, se despertó varias veces y pasó la mañana luchando contra la somnolencia. El reloj les atribuye el mismo tiempo de sueño; su experiencia, y probablemente lo que ha ocurrido en sus organismos, no es lo mismo.
Esa diferencia está cambiando nuestra manera de estudiar la relación entre el descanso y la salud cerebral y, durante décadas, la pregunta principal fue cuántas horas convenía dormir. Ahora sabemos que también debemos prestar atención a la continuidad del sueño, su regularidad y la sensación de descanso al despertar. Todo ello cobra especial interés cuando nos preguntamos si nuestra forma de dormir puede influir en el riesgo de desarrollar demencia.
Pasamos aproximadamente un tercio de la vida durmiendo y, aunque desde fuera parezca un periodo de inactividad, el cerebro sigue trabajando y consolida algunos recuerdos, reorganiza información y participa en procesos necesarios para su funcionamiento. Por eso resulta plausible que años de sueño alterado tengan consecuencias y sin embargo, que una explicación sea plausible no significa que esté demostrada. La relación entre dormir y desarrollar demencia es compleja y, en ocasiones, puede funcionar en ambas direcciones.
Muchos estudios han observado que las personas que duermen muy poco y las que duermen mucho presentan, en promedio, peores resultados cognitivos que quienes se sitúan en una franja intermedia. En investigaciones con adultos mayores, ambos extremos se han relacionado con diferencias en memoria, atención, fluidez verbal y funciones ejecutivas, como planificar o cambiar de tarea. En un estudio de mujeres mayores que vivían de forma independiente, dormir menos de cinco horas se asoció con un peor rendimiento cognitivo global y con peores resultados en algunas pruebas de memoria, en comparación con dormir siete horas o más. Conviene detenerse en lo que significa ese hallazgo. Obtener una puntuación inferior en una prueba de memoria no equivale a padecer demencia, ni permite saber qué ocurrirá con una persona concreta dentro de diez años. Para investigar ese riesgo hacen falta estudios que sigan durante mucho tiempo a grandes grupos de personas inicialmente libres de la enfermedad.
Un metaanálisis que reunió 31 estudios longitudinales encontró que dormir seis horas o menos se asociaba con un riesgo posterior de demencia un 46 % mayor en los trabajos con seguimientos de hasta diez años. Dormir nueve horas también se relacionó con un aumento del riesgo, y esa asociación persistió en estudios de seguimiento más prolongado. En cambio, al analizar los trabajos que habían seguido a sus participantes durante más de una década, la relación entre sueño corto y demencia dejó de ser estadísticamente significativa.
¿Por qué podría cambiar el resultado según el tiempo de seguimiento? Una posible explicación es que algunas alteraciones del sueño sean señales tempranas de procesos que ya están empezando en el cerebro y los cambios relacionados con ciertas demencias pueden comenzar muchos años antes de que aparezcan síntomas evidentes. Así, una persona podría dormir de otra manera porque se está desarrollando una enfermedad todavía no diagnosticada, aunque un mal sueño también pueda contribuir al deterioro; lo que nos obliga a pensar que distinguir causa y consecuencia exige mucha cautela.
La interpretación del sueño prolongado plantea una dificultad parecida, y si alguien empieza a necesitar nueve o diez horas, no podemos concluir que permanecer más tiempo dormido esté dañando su cerebro. Quizá hace menos actividad física, toma medicamentos que producen somnolencia, padece depresión o vive con una enfermedad crónica. Quizá su sueño está fragmentado y necesita pasar más horas en la cama para descansar, aunque también podría haber cambios biológicos aún no identificados y en algunos casos, dormir mucho sería una señal de que ocurre algo más.
Para comprender mejor estas relaciones, los investigadores han comenzado a mirar más allá del número de horas. Un estudio con más de 333 000 participantes del UK Biobank, de entre 40 y 64 años y sin demencia al inicio, reunió cinco características en una puntuación de sueño: dormir entre siete y ocho horas, no tener insomnio frecuente, no roncar, no experimentar somnolencia diurna habitual y presentar un cronotipo matutino.
Tras casi catorce años de seguimiento medio, se habían diagnosticado 3035 casos de demencia. Por cada punto adicional en esa escala, el riesgo observado de demencia fue aproximadamente un 7 % menor, y quienes cumplían los cinco criterios presentaron alrededor de un 25 % menos de riesgo que quienes cumplían uno o ninguno. Las cifras llaman la atención, aunque la escala necesita una lectura cuidadosa ya que, por ejemplo, por incluir un cronotipo matutino, aquellas personas (25 % de la población) con un pico de producción de melatonina que se adelanta a la medianoche, personas que necesitan irse pronto a la cama y que en las primeras horas del día son también las más activas. Generalmente necesitan dormir entre las 10 de la noche y las 6 de la mañana entre sus criterios, y no demuestra que una persona nocturna deba cambiar su reloj biológico para proteger el cerebro, penalizando. Por tanto, la puntuación describe asociaciones observadas en esa población y no es una receta individual.
El mismo estudio mostró por qué importa precisar de qué enfermedad hablamos, y el patrón de sueño considerado más saludable se asoció con un menor riesgo de demencia vascular, pero no se encontró una asociación estadísticamente significativa con la enfermedad de Alzheimer considerada por separado. «Demencia» y «Alzheimer» suelen emplearse como si fueran sinónimos, pero no lo son.
Demencia es el término que describe un deterioro de las capacidades cognitivas suficientemente intenso para interferir en la vida cotidiana; puede tener distintas causas, y el Alzheimer es la más frecuente, mientras que la demencia vascular está relacionada con daños en los vasos sanguíneos del cerebro. Un resultado sobre el riesgo general de demencia no demuestra necesariamente el mismo resultado para cada una de sus causas.
Los investigadores obtuvieron otra pista al estudiar las resonancias magnéticas de más de 33 000 participantes, en las que los patrones de sueño más favorables se asociaron con un mayor volumen de materia gris y con menos lesiones en la sustancia blanca, y los análisis estadísticos sugerían que parte de la asociación con un menor riesgo de demencia podía estar relacionada con esas diferencias en la estructura cerebral. Aun así, una resonancia tomada en un momento determinado no permite establecer por sí sola qué ocurrió primero, si los cambios en el sueño o los cambios en el cerebro.
También parece importar la regularidad. Otro estudio siguió a 88 094 personas que habían llevado acelerómetros durante una semana. Con esos registros, los investigadores estimaron hasta qué punto sus horarios de sueño y vigilia se repetían de un día para otro. Durante una mediana de 7.2 años se diagnosticaron 480 casos de demencia. Quienes tenían los patrones más irregulares mostraron un riesgo aproximadamente un 53 % superior al de las personas cercanas a la regularidad media, incluso después de tener en cuenta diversos factores, entre ellos la presencia del alelo APOE ε4, asociado con un mayor riesgo de Alzheimer.
En parte de aquel grupo se realizaron también resonancias, y tanto los valores muy bajos como los muy altos de regularidad tendían a relacionarse con menores volúmenes de materia gris y del hipocampo, una región esencial para la memoria.
Aunque es un resultado interesante, no debería convertirse en una invitación a vigilar obsesivamente el horario, ya que los estudios describen tendencias entre grupos, no una hora exacta a la que cada persona deba acostarse.
Otras investigaciones que registran la actividad y el descanso durante varios días apuntan en una dirección semejante. En adultos mayores, la eficiencia del sueño —la proporción del tiempo en la cama que realmente se pasa durmiendo—, los despertares y la fragmentación nocturna se han relacionado en algunos trabajos con el rendimiento cognitivo, y en ellos el número total de horas no mostró relación.
El insomnio añade otra capa de complejidad, sabemos que puede afectar a la atención, la memoria y algunas funciones ejecutivas, especialmente cuando se mantiene en el tiempo, pero los estudios que han intentado averiguar si predice la aparición de demencia ofrecen resultados contradictorios. Parte de la dificultad reside en que «insomnio» reúne experiencias distintas, tardar mucho en dormirse, despertarse repetidamente, abrir los ojos demasiado temprano o combinar varios de estos problemas. Además, pueden intervenir la apnea del sueño, la depresión, los medicamentos, las enfermedades cardiovasculares y los hábitos de vida.
Existen, no obstante, razones biológicas para estudiar esta conexión, ya que durante el sueño ocurren procesos relacionados con la consolidación de recuerdos y la plasticidad neuronal, y también se investiga el sistema glinfático, que participa en la eliminación de sustancias de desecho del cerebro. Los experimentos sugieren que las alteraciones del sueño podrían afectar a procesos relacionados con la beta-amiloide y la proteína tau, implicadas en la enfermedad de Alzheimer. Trasladar esos hallazgos experimentales a una conclusión sobre el riesgo de una persona concreta sigue siendo un paso pendiente.
El sueño insuficiente o alterado puede relacionarse con inflamación, cambios metabólicos, hipertensión y problemas cardiovasculares, y la apnea obstructiva del sueño, por ejemplo, combina interrupciones repetidas del descanso con episodios de reducción del oxígeno y se asocia con problemas de salud vascular, y todo ello ayuda a entender por qué estudiar el sueño exige mirar también al resto del organismo.
La investigación sugiere, asimismo, que no conviene esperar a la vejez para prestar atención al descanso, y así en el estudio del UK Biobank, la asociación entre una puntuación de sueño favorable y un menor riesgo posterior de demencia fue más marcada entre los participantes de 40 a 55 años que entre los de 56 a 64; aunque la demencia suele diagnosticarse más tarde, la salud cerebral se construye durante décadas.
Por tanto, la evidencia no permite afirmar que dormir exactamente siete u ocho horas prevenga el Alzheimer, ni tampoco que dormir seis o nueve horas signifique que alguien vaya a desarrollar demencia. Gran parte de los datos procede de estudios observacionales, capaces de detectar asociaciones, pero insuficientes por sí solos para demostrar causa y efecto. Para saber si mejorar el sueño durante años reduce realmente la aparición de demencia harán falta nuevos estudios y seguimientos prolongados.
Mientras llegan esas respuestas, la pregunta más útil quizá sea más amplia que «¿cuántas horas duermo?». Podemos preguntarnos si el sueño suele ser suficiente, si transcurre con pocas interrupciones, si nuestros horarios son razonablemente regulares y si nos permite funcionar bien durante el día. El sueño parece formar parte de la historia de nuestra salud cerebral y, mientras tanto, la ciencia continuará investigando cuánto de esa historia podemos cambiar al dormir mejor.
Dr. Secundino López Pousa
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