
Corte sagital del encéfalo (imagen decorativa)
La pérdida de memoria es una de las principales preocupaciones asociadas al envejecimiento. Muchas personas mayores, o sus familiares, consultan a médicos de atención primaria o especialistas en trastornos cognitivos, como geriatras, neurólogos o psiquiatras, debido a alteraciones de la memoria, la atención y otras capacidades mentales. No obstante, es importante diferenciar los cambios propios del envejecimiento normal, como un leve enlentecimiento en el procesamiento de la información, de los primeros signos de una enfermedad neurodegenerativa.
En este contexto, el primer desafío clínico consiste en identificar cuándo los cambios cognitivos son clínicamente significativos. Según los criterios diagnósticos, se establece el diagnóstico de demencia cuando el deterioro adquirido interfiere de forma relevante en la autonomía social o laboral. En cambio, el deterioro cognitivo leve se considera una fase intermedia entre la cognición normal y la demencia, en el que existe un compromiso discreto, pero sin una afectación importante de las actividades cotidianas.
Esto plantea una pregunta fundamental: ¿cómo podemos frenar o ralentizar la progresión del deterioro cognitivo leve hacia la demencia?
La primera estrategia se centra en modificar los factores de riesgo que favorecen la neurodegeneración: hipertensión arterial, tabaquismo, consumo excesivo de alcohol, diabetes, obesidad, sedentarismo y aislamiento social. De manera complementaria, se promueven factores protectores como la estimulación cognitiva y las actividades grupales, que han demostrado efectos beneficiosos para mantener e incluso potenciar la función cerebral.
En los últimos años, numerosas investigaciones han destacado los efectos positivos de los paseos por los bosques sobre la salud global. Se ha evidenciado que esta práctica reduce el estrés, disminuye la presión arterial, alivia el dolor, fortalece el sistema inmunológico, mejora el estado de ánimo, corrige trastornos del sueño y aumenta la capacidad de atención. En Japón, estos hallazgos han llevado a acuñar el término "medicina forestal", que hace referencia al uso del entorno natural como herramienta para promover la salud y prevenir enfermedades.
Más específicamente, los "baños de bosque" producen efectos fisiológicos y psicológicos de gran relevancia, reducen la presión arterial y la frecuencia cardíaca, previniendo la hipertensión y las enfermedades cardiovasculares; disminuyen los niveles de hormonas del estrés, adrenalina, noradrenalina y cortisol, y modulan el sistema nervioso autónomo, incrementando la actividad parasimpática y reduciendo la simpática, lo que genera relajación y equilibrio neurovegetativo. Asimismo, mejoran la calidad del sueño y reducen los niveles de ansiedad, depresión, ira, fatiga y confusión, incrementando la sensación de vitalidad, bienestar y claridad mental.
Estos beneficios no se deben solo al acto de caminar, sino también a las características propias del entorno forestal, la armonía visual del paisaje, la calidad del aire, la temperatura moderada, los sonidos de la naturaleza y los aromas característicos de la vegetación. En especial, la inhalación de compuestos orgánicos volátiles emitidos por los árboles, como terpenos y fitoncidas, ejerce efectos fisiológicos medibles sobre el organismo.
Aunque aún no se dispone de estudios a gran escala que confirmen de forma definitiva su efecto en la prevención del deterioro cognitivo y la enfermedad de Alzheimer, existen bases sólidas que sugieren su potencial utilidad. Uno de los factores clave en la neurodegeneración es el estrés crónico, que eleva de manera persistente los niveles de cortisol. Esta hormona, cuando permanece elevada, daña el hipocampo, región cerebral esencial para la memoria y el aprendizaje. Caminar por entornos forestales reduce significativamente los niveles de cortisol y atenúa la activación del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, principal regulador de la respuesta al estrés. Como consecuencia, disminuye la liberación de hormonas del estrés y se modula la respuesta inflamatoria sistémica, reduciendo así uno de los mecanismos que favorecen el daño neuronal.
Por otro lado, los paseos por los bosques mejoran la salud cardiovascular y cerebral al regular factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes y otras enfermedades que aumentan la probabilidad de demencia vascular y Alzheimer. Un cerebro con buena irrigación sanguínea es menos susceptible a microinfartos y lesiones isquémicas que aceleran el deterioro cognitivo.
Además, el entorno natural de los bosques ofrece una estimulación multisensorial única: la contemplación del paisaje, el canto de las aves, el susurro del viento y los aromas naturales activan áreas cerebrales relacionadas con la atención, la memoria, las emociones y la regulación del estrés. Esta exposición estimula la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para generar nuevas conexiones sinápticas, un proceso clave para compensar el daño neurodegenerativo asociado al envejecimiento.
A ello se suman los beneficios psicológicos y sociales. Caminar en la naturaleza mejora el estado de ánimo, reduce la ansiedad y fomenta un sentido de conexión con el entorno. Cuando estas caminatas se realizan en grupo, también fortalecen la interacción social, otro factor protector frente al deterioro cognitivo. Asimismo, caminar de forma sostenida, aunque sea a un ritmo suave, mejora la capacidad cardiorrespiratoria y estimula la liberación de factores neurotróficos, como el factor neurotrófico derivado del cerebro, que favorecen la supervivencia neuronal, la formación de nuevas sinapsis y el mantenimiento de la memoria y otras funciones cognitivas. Todo esto está estrechamente relacionado con los árboles, que, como parte de sus mecanismos de defensa, liberan compuestos orgánicos volátiles con propiedades antioxidantes y antiinflamatorias, capaces de modular la actividad del sistema inmunitario, reducir el estrés oxidativo y proteger a las neuronas de procesos degenerativos.
La evidencia científica respalda esta relación. Un metaanálisis realizado hasta marzo de 2022, que incluyó 12 estudios basados en índices de vegetación, demostró una asociación inversa moderada entre la exposición a niveles intermedios de "verdor" y el riesgo de demencia. De manera complementaria, un estudio longitudinal con un seguimiento de cinco años observó que vivir en zonas más verdes se asociaba con una reducción del 16 % en la probabilidad de desarrollar Alzheimer. Este efecto fue especialmente relevante en barrios con alta transitabilidad y en personas portadoras del alelo APOE-ε4, principal factor genético de riesgo para Alzheimer, en quienes la exposición a entornos verdes ralentizó hasta tres veces el declive cognitivo.
Por tanto, los paseos por los bosques, además de ser una actividad placentera y accesible, integran múltiples mecanismos que podrían contribuir a la prevención o ralentización del deterioro cognitivo y la demencia. Su efecto combina la reducción del estrés, la mejora de la salud cardiovascular, la estimulación multisensorial y la modulación del sistema inmunitario e inflamatorio. Aunque se requieren más estudios longitudinales para confirmar su impacto específico en la prevención del Alzheimer, la evidencia disponible sugiere que la conexión con la naturaleza no solo mejora la calidad de vida, sino que podría ser una estrategia complementaria de gran valor en la promoción de la salud cerebral.
Dr. Secundino López Pousa
Cómo citar esta página:
Utilizamos cookies para mejorar su experiencia de navegación y los servicios que le ofrecemos. Al clicar en «Aceptar», o si continúa navegando, usted reconoce que ha leído y comprendido nuestra política de privacidad, y que acepta el uso de nuestras cookies.